La estrategia de victimización no contribuye a apaciguar los ánimos

Por más violentas que hayan sido las manifestaciones del jueves y del lunes en el Congreso, denunciar un intento de golpe, de sedición, es una expresión de impotencia que, paradójicamente, suele atribuirse a los gobiernos de izquierda o «progresistas».

«Los complots no son compatibles con las reglas de una buena democracia. Un presidente debería hablar de ellos sólo cuando pudiese comprobar su existencia y, en ese mismo momento, actuar en consecuencia», escribía el prestigioso analista italiano Sergio Romano, en el Corriere della Sera, en 2007, cuando el Premier italiano de entonces, Romano Prodi, a la cabeza de una coalición de centroizquierda, denunciaba ser víctima de escuchas telefónicas como parte de una campaña hostil a cuyos autores no identificó.

Habitualmente, esta es una estrategia de la izquierda que, cuando está en el llano, culpa al gobierno por todo y por nada, pero cuando llega al poder se muestra impotente, se declara saboteada y agita el fantasma del complot cada vez que recibe cuestionamientos a su gestión.

A Cristina Kirchner le acuñaron el término «destituyente», al que apeló una y otra vez para deslegitimar toda protesta. Y para convertir a cualquier crítico o peticionante en un enemigo irreductible. En el colmo de la victimización, hasta llegó a decir que todo el conflicto del campo por la Resolución 125 se debía a su condición de mujer.

Convertir un reclamo social en un intento de golpe institucional es una manipulación de la realidad. No se trata de negar la comisión de delitos por parte de los manifestantes; la justicia debe investigarlos y castigarlos. Tampoco ignorar la posible intencionalidad o premeditación de algunos de estos hechos que deberán ser bien esclarecidos, para que no queden dudas de su procedencia o autoría. Pero recrear el fantasma de escenarios mucho peores que el actual sólo sirve para no hacerse cargo de la crisis presente.

 

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